Cápsula: Lo dije antes y lo escribo ahora.

Seamos honestos, aunque sea tarde, aunque ya no nos sirva de nada:

Tú no me querías ni yo a ti. Pero había algo en nuestros labios que causaba dependencia, y ninguno se atrevía a dejar ese vicio.
Me mirabas con admiración y confusión; nunca antes te habías tropezado con una piedra como yo.
Ante tus ojos yo parecía un crucigrama, un texto en un idioma que aún no dominabas.

(Tampoco es que hayas querido hacerlo, tampoco es que haya querido que lo hicieras.)

Nos iba bien así, sin rozar lo profundo, sin decir te quiero, envolviéndonos en esa complicidad que nos brindaban nuestros cuerpos. Fingíamos ser más enviándonos los buenos días, aunque ambos sabíamos, que eso era sólo una formalidad para llegar a nuestras bocas. Fingíamos ser más con esas llamadas de preocupación cuya única intención era ser un pretexto para hacer coincidir nuestros cuerpos.

Había algo en nuestras pieles que se atraía entre sí y algo a nuestro alrededor que llenaba el aire de chispas. Creíamos que era amor, qué tontos. Tan sólo era el resultado de ser tan opuestos y chocar. Una reacción química de nuestros cuerpos por eso de la atracción, una reacción que no era más que una ilusión a la que tontamente llamamos 'felicidad'. 

Después de meses con los encuentros, las idas y vueltas, los fantasmas de nuestros pasados, las chispas a nuestro alrededor, las oraciones cortadas por besos porque no teníamos más que decir, meses después de mirarte a los ojos antes de cerrarlos, al fin lo dije. Al fin acepté lo que sentía por ti y lo dije: Adiós.

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